15M, asambleas populares y colonización sistémica

Se han cumplido seis años de la acampada en Sol, lo que fue el pistoletazo de salida para un movimiento que adoptó la fecha de la manifestación de Democracia Real Ya como nombre. El movimiento 15M tiene que ver con un proceso que empezó en aquellos días y que aún hoy se mantiene en los barrios, al menos, de la ciudad de Madrid. Poco numerosos pero perseverantes en la acción, involucrados en asuntos como la lucha contra la gentrificación y por la vivienda. La acampada fue, sin duda, una acción impactante que atrajo a miles de personas que querían participar de un momento que muchos considerábamos histórico. Las redes sociales se encargaron de convertirlo en un lugar en el que se tenía que estar y que tuvo sus réplicas en muchas otras ciudades del estado. Fue como un objeto publicitario que invitaba a ser consumido al igual que la coca cola. En la acampada se trabajó mucho y con necesaria implicación hasta que se trasladó la acción a los barrios.

El trabajo en los barrios era más prosaico que en la acampada, rodeada ya de un halo romántico. Suponía aterrizar el trabajo en lo cotidiano, en las preocupaciones globales y locales que nos unían. Se necesitaba un fuerte compromiso que ayudara a sacar adelante las comisiones e iniciativas que salían de ellas. Esto implicaba dedicarle tiempo. Para los que trabajaban era un segundo trabajo, sino el primero, y para los que no se convirtió en un lugar en el que volcar todas sus capacidades. Es lo que tiene el activismo: implicación, compromiso y esfuerzo. Esta labor era mucho más costosa que un grito de silencio en la Puerta del Sol. En la asamblea en la que participé pasamos de aproximadamente 100 personas, en las primeras asambleas, a 20 en poco más de un mes. En los meses posteriores la cifra se redujo a un núcleo de unas 12 personas. El trabajo en las asambleas de barrio no solo era menos atractivo sino que suponía estar día tras día centrado en las tareas que nacían de las comisiones.

Tenemos hijos, personas dependientes a nuestro cuidado o trabajos precarios con horarios extenuantes que limitan la participación activa. Las condiciones sociales se tienen en cuenta para que cada uno aporte en la medida que pueda pero en el caso de la asamblea popular de mi barrio se produjo una deserción. Era verano y las vacaciones tampoco ayudaron. Las posibilidades de cambio se concentraron en unos pocos hombros lo cual es un más de lo mismo, es decir, dejar que sean otros los que hagan. Vivimos en una sociedad de la delegación. Delegamos en otros para que tomen la iniciativa e implementen medidas. Desde la distancia les apoyamos y criticamos. El 15M vino a poner en evidencia que la sociedad busca un grupo de personas que tomen decisiones que cambien las políticas. Lo puso en evidencia desde la práctica de lo contrario. Es decir, que la propia sociedad sea protagonista principal del cambio. La delegación es más cómoda. Nos permite ocuparnos de nuestras cosas y criticar sin límite.

Podemos es la expresión de ese fracaso. Tuvo que surgir un nuevo grupo político en el que se concentrara la ilusión del cambio. Esta nueva delegación permitió colocar las cosas en su sitio. Las asambleas populares fueron un experimento de participación asamblearia y de soberanía popular pero la delegación partidista ayudó a canalizar su fuerza hacia un lugar que el sistema controla y acepta. El 15M pretendió modificar las reglas del juego trasladando el poder de decisión de las élites a las personas pero la tendencia de estas mismas personas a la delegación condenaba este intento. Formamos parte del sistema y tenemos asumidos muchos de sus valores. Nos cuesta entender que la sociedad cambia realidades y confiamos en la acción y decisión de un líder que nos saque de nuestros problemas. Los expertos, los líderes y los carismáticos. Los partidos son la expresión de esa confianza y la democracia representativa su sostén. Aunque critiquemos que nos consulten solo para las elecciones es lo que sabemos hacer.

Vamos despacio porque vamos lejos. Ir lejos implica cuestionar y modificar los valores de este sistema con la práctica diaria de otras formas de relacionarnos basadas en el compromiso, la cooperación y el apoyo mutuo. Pero la pregunta que tenemos que hacernos es si en el 15M la gran mayoría quería esto o simplemente cambiar las condiciones materiales personales y recuperar un bienestar ficticio. El momento actual nos puede guiar en la respuesta. La retórica de las redes sociales y de las personas indignadas puede apuntar a un deseo de cambio pero es solo apariencia. Las palabras son gratuitas. La colonización mental por parte del sistema nos aboca a las mismas soluciones que permiten que todo siga igual. Falta práctica reflexiva, compromiso y confianza en nosotros mismos. Mientras tanto serán otros los que decidan. Podemos encontrar todas las justificaciones que queramos para que esto continúe siendo así.

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