Pseudoizquierda y blanconegrismo

“En Venezuela está en marcha una revolución popular”. Para muchas personas que se definen de izquierdas sino están de acuerdo con esta afirmación, difícilmente harán alguna crítica. Si pones en duda la existencia del proceso revolucionario y criticas al gobierno madurista no faltará quién te considere un fascista, un imperialista o un escualido.

“En Venezuela hay una dictadura”. Para la derecha esto es un mantra. Los medios de comunicación, sustentados con dinero conservador, construyen argumentos que consolidan prejuicios sobre un país que apenas se conoce más allá del sesgo informativo con el que nos bombardean.

Al final quien quiera acercarse a la realidad política venezolana tiene que elegir entre una visión u otra. Se intenta trasladar la misma polarización que alimentan tanto la oposición derechista como el gobierno venezolano. La rigidez ideológica ayuda a creerse cualquier argumento que esgrima el bando elegido. Sin cuestionamiento alguno. Si proviene de la oposición es manipulación para el izquierdista. Si proviene del gobierno venezolano es manipulación para el derechista recalcitrante. Tienen sentido que la izquierda utilice el termino de “la oposición” de manera genérica porque al ser considerada antidemocrática y fascista cualquier crítica al gobierno venezolano se pretende bloquear con la acusación de fascista. Los derechistas hablan del gobierno venezolano como si fuera una dictadura por lo que cualquier contacto o defensa del mismo es asociado interesadamente al totalitarismo y la falta de libertades. Lo que no interesa, ni para los izquierdistas ni para los derechistas, es explicar que hay otra oposición que no es la MUD, ni es Capriles ni Leopoldo López y que el gobierno venezolano tiene más semejanzas que diferencias con los gobiernos de países que se consideran guías de la democracia. Está visión en blanco y negro forma parte de la cosmovisión de la derecha reaccionaria pero también de la pseudoizquierda, esos que dicen ser socialistas o comunistas y que no dudan en defender, justificar o negar las violaciones de derechos fundamentales de las personas por parte de gobiernos “amigos”.

Esta pseudoizquierda es profundamente intolerante, rígida, agresiva, manipuladora y tramposa. Sus análisis políticos tienden a alinearse con gobiernos y gobernantes en función de su posición con respecto a Estados Unidos o Israel y no en función de sus políticas sociales y económicas. La agresividad y desprecio hacia aquellos que ponen en cuestión el argumentario son ostensibles. Un argumentario que pretenden hacer pasar por hegemónico en la izquierda. Normalmente defienden los planteamientos de los estados que respaldan y de sus medios controlados. Es decir, no tienen ningún pudor intelectual en repetir como loros lo que otros dicen para justificar decisiones y acciones, que en muchos casos son injustificables porque atentan contra las libertades y los derechos de los pueblos. Se convierten en vulgares delegados de las voces de los estados. Aunque sus opiniones son gruesas y, en ocasiones, rozan el ridículo tienen suficiente éxito como para que alguien que se considera de izquierdas sea capaz de justificar agresiones de un estado a su población. Es una regla simple pero quien defiende o justifica la violencia estatal no es de izquierdas. No puede serlo, en ningún caso. Quién no admite el debate, ni la reflexión ni la crítica e intenta neutralizar otras opiniones con acusaciones de fascista, otanista, sionista o imperialista tampoco puede serlo. Y de estos, desgraciadamente, hay muchos. Solo hay que darse una vuelta por twitter y leer las opiniones sobre Siria, Venezuela, Rusia y las protestas y rebeliones en el mundo árabe de los últimos años.

La geopolítica es una de sus aficiones. Apenas hablan de los pueblos y de las personas y mucho de los estados y sus gobernantes. Son acérrimos defensores de gobernantes que han agredido a su pueblo como al-Ásad. Si criticas al presidente sirio eres imperialista y sionista. Niegan que una parte considerable del pueblo sirio quisiera un cambio de gobierno. Eso que se ha llamado primavera árabe es considerado un plan imperialista, por lo que los pueblos que protestaron contra sus gobiernos son simples marionetas de la CIA y de Soros. Esa es la visión que tienen de los pueblos árabes. Gente manipulable que no tiene la capacidad de protestar contra la gestión de sus gobiernos, muchos de los cuales aplicaban políticas neoliberales y eran amigos de las grandes potencias de la Unión Europea y Estados Unidos. La pseudoizquierda considera que estos pueblos están en minoría de edad sin capacidad para protestar contra políticas que les eran nocivas. Vuelven a aplicar el tosco y eficaz blanconegrismo. O estás con al-Asad o eres un imperialista, que le gusta bombardear países. Además si estás con al-Ásad tienes que simpatizar con aquellos que se posicionan al lado del gobierno sirio. Putin se convierte de esta manera en un referente. Algunos no dudan en alabar al dirigente ruso, casi como si estuviéramos aun en esa dicotomía global que se daba con la existencia de la URSS. Esta mirada tan reduccionista sobre la realidad política mundial lejos de ayudar a entender lo que ocurre en países tan diferentes al nuestro, tiende a oscurecer y confundir. Así puedes encontrarte a un bienintencionado izquierdista defendiendo de forma acérrima a la Rusia que persigue a homosexuales.

Lo cierto es que la realidad política es tan compleja que difícilmente se puede encorsetar en el blanconegrismo. Es más, las explicaciones simplistas y reduccionistas se deben coger con papel de fumar. Este tipo de opiniones nos tienen que poner en alerta. La ideología nos sirve para poder dar sentido a lo que pasa en el mundo pero no para obviar las realidades, negar los abusos y las agresiones y dar salida a gobiernos que tratan a sus nacionales como trozos de mierda. Cuando la policía de un estado, se llame como se llame, dispara contra unos manifestantes es represión y si por causa de tu ideología eres incapaz de decir que ese gobierno es represivo, tienes un problema. Te hace falta pensar más y dejar de repetir las consignas de aquellos que consideras tus correligionarios. Cuando en una ciudad miles de manifestantes claman contra un gobierno, cuyas políticas se consideran nocivas, no están siendo manipulados por Soros sino que están ejerciendo un derecho fundamental que tiene que ver con sus condiciones de vida, con el bienestar social de su país, con sus libertades, con su empleo y el futuro de sus hijos y de sus familias. Aquellos que no tienen respeto por las personas que conforman los pueblos no pueden liderar las opiniones porque cuando menos nos lo esperemos estaremos justificando el terrorismo de estado, solo porque ese estado dice ser cercano a nuestra ideología. Uno no es lo que dice ser, sino lo que hace. La izquierda no defiende a sátrapas. Otra regla simple.

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