Nacido en el Reino Unido

La seguridad es una palabra que está de moda. Cuando la pronuncian los dirigentes europeos nos la devuelven envolviendo los procesos migratorios, los desplazamientos de refugiados y los ataques terroristas. Nos susurran que el peligro viene de fuera, más allá de nuestras fronteras, que quieren dañar nuestro estilo de vida y las libertades y derechos que Europa representa. Algunos nos dicen que estamos en guerra. Una guerra en la que unos fanáticos, fundamentalistas religiosos, pretenden hacer el mayor daño posible. Unos seres malvados que se colarán por cualquier resquicio para matarnos sin remordimiento alguno. Son terroristas. En este marco construido por la élite europea queda claro quiénes son los buenos y los malos y de quiénes nos tenemos que defender. Si nos tenemos que defender de los de fuera, blindamos las fronteras. Los que entran se convierten en sospechosos que debemos vigilar y limitar sus derechos y libertades. Si queremos sentirnos seguros debemos hacer concesiones. No podemos ser tan libres. Militarizamos las sociedades y ponemos un policía en cada esquina, observando cada uno de nuestros pasos para asegurarse de que no nos desviamos del camino. La seguridad es la palabra por la que debemos sacrificarnos. No nos resistamos. Es por nuestro bien.

52 años y nacido en Reino Unido. Nació como Adrian Elms y murió como Khalid Masood. Mató a cuatro personas y dejó heridas a más de 50. No era un inmigrante. Era un ciudadano británico. Aunque sea aparentemente lógico aludir a su conversión al salafismo como causa directa del atentado que cometió en Londres, me resisto a hacer una vinculación tan burda. Adrian Elms fue una persona que creció en esa Europa libre, digna y democrática que publicitan desde las instituciones europeas. Creció, además, en uno de los países más ricos y admirados del mundo. Un contexto idóneo para vivir, trabajar, formar una familia con perro y salir a correr al Hyde Park. Entonces ¿por qué pudo agredir y matar de forma tan arbitraria? ¿por qué le pudo seducir el salafismo? Cuando los dirigentes de la Unión Europea miran hacia fuera se olvidan de las condiciones sociales, laborales y económicas de la clase trabajadora europea. Se olvidan de los guetos, de los trabajos precarios, del racismo y del negro futuro que otean miles de personas. Son las perdedoras de esta grandiosa invención que es la Unión Europea. El salafismo les convierte en alguien importante, en alguien al que la sociedad teme, y les da poder para golpear. Les promete un futuro más atractivo que el presente que viven. Aunque sea la muerte.

Entrar en el corazón de la cuestión, en lo realmente fundamental de lo que estamos viviendo, no está dentro de los intereses de las élites europeas. Por eso los líderes europeos insisten en una Europa segura y protegida, con fronteras exteriores protegidas y una política migratoria eficaz y fuerte en la escena mundial. Estas pseudosoluciones tienen sentido dentro del marco explicativo que trasladan a la sociedad. Si la amenaza a la seguridad europea viene de fuera hay que proteger las fronteras. Los refugiados e inmigrantes se convierten así en sospechosos y por eso hay que controlarlos con una política migratoria eficaz que permita expulsarlos y, sobre todo, evitar que entren en nuestro paraíso de libertades y derechos. Los ciudadanos europeos que hayan comprado este relato estarán de acuerdo con las medidas y cuántos más atentados, más apoyarán que se extremen esas medidas. Este posicionamiento es el que lleva a considerar las concertinas de las vallas de Melilla como un mal menor pero necesario o las muertes en el mediterráneo como una opción personal de los ahogados. Les dicen que su estilo de vida está amenazado aunque todos sabemos, a estas alturas, que quienes deciden sobre nuestras condiciones laborales y nos condenan a trabajos precarios o al desempleo no están más allá de nuestras fronteras. Lo sabemos pero es más poderoso el miedo.

Aún así la Unión Europea no es Siria ni Iraq ni Yemen. En estos países mueren decenas de personas a diario. Sufren bombardeos y ataques terroristas a diario. Están en guerra. Unas guerras sobre las que los líderes europeos tendrían mucho que decir pero prefieren callar. La Unión Europea es responsable directa de lo que ocurre en Siria. Un país vapuleado por los criminales intereses geopolíticos de los Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudi, Israel y Turquía, por el terrorismo del Estado Islámico, por los rebeldes que no son rebeldes, por el gobierno de al-Ásad, por la Turquía fascista y por una Arabia Saudí que alimenta a sus cachorros fundamentalistas con armas y fajos de billetes. Debajo de todo esto está el pueblo sirio, que hace unos pocos años quiso ser algo más que siervo y le cayeron encima toneladas de basura y de bombas. Un pueblo olvidado por la izquierda europea y ocultado bajo la infantil geopolítica amateur de los pseudoizquierdistas que juegan al Risk arrellanados en sus sofás revolucionarios. Esa desnortada izquierda que convierte a al-Ásad en referente de la izquierda y a Putin del antiimperialismo. De esta manera el afuera fanático y criminal que señalan las élites europeas son las que ellas mismas han colaborado a crear. Los muertos de Siria alimentan el odio de los muertos vivientes generados por el capitalismo europeo.

El salafismo es una excusa. Por supuesto que no es baladí pero no es la fuente de la violencia. Es el marco en el que se le da sentido, al menos para aquellos que optan por sacrificar su vidas. La violencia es creada por las condiciones sociales, laborales y económicas que sufre la clase trabajadora, por la desigualdad inherente al capitalismo y por la confluencia de intereses de las élites que detentan el poder en la Unión Europea, Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí. Este último país es el exportador oficial del salafismo pero nadie hace nada para evitar su expansión. Los intereses compartidos son más importantes que cuatro ideas mal hiladas aunque bajo su paraguas se acumulen los muertos. Cuando pase el tiempo del salafismo lo sustituirá otra ideología, surgirá otra corriente que reinterpretará el Islam, o será el tiempo del catolicismo o del hinduismo radical. Pero mientras se mantengan las condiciones materiales que oprimen a la clase trabajadora habrá violencia. Aquel que sostenga un detonador antes de hacer estallar una bomba solo necesitará un marco intelectual, que le eleve por encima de la muerte, para hacernos saber el odio que profesa contra la sociedad en la que ha crecido. Una sociedad capitalista. Es la que tenemos.

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