Libertad de expresión o lo que se quiera decir con esto

El ejercicio de la libertad de expresión parece consistir en decir lo que uno quiera. Tengo la libertad de decir que los inmigrantes son escoria o que los gitanos son unos ladrones pero lo que no debería esperar es que mis palabras me abrieran las puertas de la secretaría general de inmigración y emigración ni que actuara como mediador en un conflicto vecinal. Puedo decir que expulsaría a los marroquíes del país en el que vivo pero no debería poder aspirar a la presidencia del gobierno.

Puedo decir que la homosexualidad es una enfermedad y una maldición de Dios pero mi asociación no podría recibir fondos públicos para difundir estas ideas. Puedo decir que las ayudas sociales están solo pensadas para los inmigrantes y proporcionar comida solo a los españoles pero eso no me convierte en un activista consciente y comprometido con los problemas de la sociedad. Puedo decir que las mujeres son inferiores y menos inteligentes que el hombre pero no ser profesor en ninguna escuela, instituto o universidad.

Estas afirmaciones irrespetuosas contra personas y colectivos atentan contra sus derechos fundamentales. No es extraño que en conversaciones sobre el pueblo gitano hayamos escuchado estereotipos, prejuicios e insultos. Muchos, espero, no estaríamos de acuerdo pero tampoco iríamos a una comisaría a denunciar los improperios ni las amenazas que hayan podido verter contra el pueblo gitano. Si tuviéramos que denunciar cada uno de los comentarios ofensivos y discriminatorios que escuchamos, no habría sistema judicial ni penal que lo resistiera. El rechazo social, en estos casos, sería mucho más efectivo.

El problema se encuentra cuando no es una persona la que hace estos comentarios sino una organización política, empresarial o social. Es decir, cuando esos planteamientos tienen la posibilidad de influenciar en las leyes y en la sociedad. Cómo se puede conciliar la libertad de expresión con el respeto a los derechos humanos y sociales si un partido político, que defiende la expulsión o la restricción de derechos de un colectivo, se presenta a unas elecciones. El nazismo consiguió criminalizar al pueblo judío con el apoyo de una gran parte de la sociedad alemana, ayudado por el atávico antisemitismo de siglos anteriores. En la Europa actual podemos observar ese mismo proceso con la población musulmana y en la gestión de los refugiados. Donde antes eran usureros y ratas, ahora son terroristas. Para justificar un ataque hay que convertirlos en un riesgo para la sociedad.

Si la sociedad acepta que son un riesgo, aumentan las probabilidades de cometer crímenes contra la humanidad. Ya se están produciendo. Una parte considerable de la población europea considera que la inmigración es uno de los grandes problemas que tenemos por lo que acepta que las autoridades políticas tomen las medidas necesarias para su control. Las muertes en aguas mediterráneas o el hacinamiento en campos de refugiados se convierten, de esta manera, en un mal necesario. Los ataques contra la población inmigrante se consideran una respuesta indeseable pero provocada por la presión migratoria. Así las muertes, asesinatos y ataques son provocados por los propios inmigrantes en esta perversión del razonamiento que va adherida a la criminalización de cualquier colectivo. Ellos son los causantes de sus propias desgracias por lo que nuestra conciencia se mantiene libre de responsabilidad.

De esta manera nos encontramos con que afirmaciones individuales, contra colectivos específicos, pueden convertirse en programas políticos de grupos organizados capaces de influenciar a un mayor número de personas en contextos económicos, sociales y políticos propicios. Si son capaces de gobernar pueden desarrollar leyes que sirvan para atentar contra los derechos fundamentales de esos colectivos. La libertad de expresión es uno de estos derechos pero ¿se debe permitir que este tipo de ideas puedan tener este recorrido? ¿En qué momento se tendría que actuar para evitar que la xenofobia, el racismo, el machismo y la homofobia formen parte de las leyes europeas y nacionales? El discurso de odio y la criminalización de colectivos deberían ser motivos excluyentes para participar en órganos de poder.

Una de las herramientas que tenemos es la educación pero ¿qué ocurre cuando un profesor defiende en sus clases posiciones discriminatorias por motivo de raza o de género? La libertad de cátedra ha amparado aberraciones intelectuales en las universidades. No debería haber profesores que defendieran posturas discriminatorias pero los hay porque forman parte de una sociedad en la que determinados grupos políticos han amparado este tipo de posturas. Si se amparan estas irregularidades, no se debería asistir a esas clases y protestar activamente contra estos profesores pero ¿qué ocurre si la justicia condena a los que protestan a tres meses de cárcel?  La oposición a discursos discriminatorios debería ser una obligación moral pero si conlleva una pena de prisión se convierte en otro indicador más de que las bases morales de esta sociedad están podridas.

La libertad de expresión está amenazada. Sin duda. Tenemos que cuidar lo que decimos porque existe un riesgo real de acabar en prisión…si haces chistes de Carrero Blanco. El sesgo ideológico es evidente. No se valora en función de lo que se dice sino de quién lo dice y la posibilidad de reprimirlo. Lo paradójico es que grupos organizados de extrema derecha y ultracatólicos se envuelven en la bandera de la libertad para difundir mensajes de odio lo cual es amparado por parte del sistema judicial, algún que otro partido político y determinados medios de comunicación. Estos últimos exageran los exabruptos, chistes y demás comentarios, mediatizando la opinión pública y mezclando churras con merinas. No es lo mismo criminalizar a la población musulmana que hacer una performance sobre Jesucristo en los carnavales de Tenerife. Uno es un ataque contra los derechos fundamentales de un colectivo y lo otro es una actuación artística que te puede gustar o no. Puedo hacer una crítica contra el catolicismo pero no defender la expulsión de católicos de un país, su confinamiento en campos de concentración o limitar el acceso a las ayudas sociales. No es lo mismo aunque algunos pretendan hacernos pensar lo contrario.

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2 comentarios en “Libertad de expresión o lo que se quiera decir con esto”

  1. Completamente de acuerdo. Lamentablemente, los llamados medios de comunicación, en sus ansias por conquistar cuotas de mercado, suelen arrojar más combustible al fuego.

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  2. Los medios de comunicación son, por una parte, garantes de la libertad de expresión, o deberían serlo, pero a la vez se pueden convertir en uno de los instrumentos para emponzoñar los debates y criminalizar posiciones políticas. Si nos fijamos en algunos artículos de opinión de los periódicos con mayor tirada destacan por estar mal escritos y por estar dirigidos a deslegitimar al contrario político sin importar el rigor o la veracidad. Vale cualquier cosa que sirva como munición. Algunas editoriales se basan en hechos falsos, a sabiendas de que lo son. El principio de veracidad es desde hace tiempo solo eso un principio. Al final, quienes consumen únicamente estos medios, sin crítica, sin reflexión y sin posibilidad de contrastar se convierten en simples difusores de ideas que no les pertenecen. Se tiene la libertad de expresar lo que uno quiera pero son ideas compradas. Y si no son nuestras ¿qué libertad es esa?

    Salud Loam.

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