Política del ombliguismo

Errejón perdió pero también lo ha hecho Iglesias y también Podemos. Han perdido de nuevo. No puede ser de otra manera. La construcción de una organización jerárquica, vertebrada alrededor de un líder y su grupo de confianza, y la desactivación del movimiento popular son sus pecados originales. Perdieron la oportunidad de ser algo distinto al poco de nacer. Despreciaron la fuerza de eso que llamaron gente y apostaron por la sabiduría de un grupo reducido, elegido para marcar el camino que teníamos que recorrer. Monedero, Alegre, Bescansa y compañía pusieron su granito de arena. Todos esos que ahora se enfrentan y se dividen en familias [un aplauso irónico] construyeron el Podemos que ahora se diluye en el sistema político como una fuerza más sin ninguna capacidad de superar el estado de las cosas. Dejaron atrás la potencialidad subversiva desde el mismo momento en que jugaron a construir un partido con el material del que están hecho los partidos tradicionales, ribeteado con conceptos populares como la transparencia, la participación ciudadana y la transversalidad. Un poco como esos flecos que pretenden hacer bonito un traje horroroso.

Crecieron impulsados por la inercia de un movimiento popular que había crecido al calor del 15M y que estaba deseando un cambio. Esta gasolina la fueron quemando a medida que la invención de los círculos, que pretendían imitar a las asambleas quincemayistas, fue perdiendo fuerza y fueron desactivados en la práctica a partir del primer congreso en Vistalegre, paradójicamente apoyado por los mismos que supuestamente integraban esos círculos. Nada, que no fuera lo que Iglesias y su entorno querían, tenía posibilidad de asomar la cabeza. Avispado Echenique supo moverse cerca del líder para posicionarse y tener una presencia relevante. Así lo hicieron todos los que querían tener algo que hacer en el partido. El primer Vistalegre supuso la consolidación de una deriva que empezó a ser más visible después de las elecciones europeas de mayo de 2014. Cabeza Pensante Errejón tuvo mucho que ver en la organización de Podemos como un partido al uso, pero Indignado Monedero y compañía, que ahora le critican, le acompañaron sin crítica alguna. La táctica y la estrategia pesaron más que la construcción de una alternativa real política, social y económica. Se privilegió el espectáculo frente a la reflexión y la acción política.

Cuanto más han salido en televisión menos nos hemos enterado de sus propuestas. Dejaron de preocuparse de los problemas de la sociedad, más allá de la retórica aburrida y repetitiva de la que hacían gala ante un micrófono, para centrarse en cómo maniobrar para conseguir más poder. Sus derrotas electorales dieron paso al juego de tronos podemita. Un enfrentamiento con mucha tetosterona, propia de adolescentes que discuten por quién la tiene más grande. Estaban tan centrados en demostrar que su estrategia era la más acertada que se olvidaron que a la mayoría de la sociedad les importa una mierda sus batallitas cuando lo que está en juego es un empleo, una casa o el convenio colectivo de tu empresa. Es la política del ombliguismo. Ellos mismos se han considerado más importantes que la gente a la que representan. Errejón ha recibido tantos elogios que cómo no iba a aspirar a pegar una patada al trono de Líder Iglesias. ¿A quién no le iban a ofuscar tantas loas? A Iglesias le han hecho sentir tan importante que es lógico que se sienta especial hasta el punto de o yo o me voy. La amenaza de que los militantes podemitas se convirtieran en huérfanos ya se demostró poderosa en Vistalegre I.

De Vistalegre II nos ha quedado clara una cosa. Iglesias ha ganado a Errejón en todos los frentes que disputaban. ¡Enhorabuena al campeón!. Lo que no queda claro es qué quiere Podemos para esta sociedad, qué pasa con la Unión Europea, y la inmigración, y los refugiados perdidos en una Europa fría e insensible, qué pasa con el cambio climático y la amenaza del fascismo. Nadie sabe nada. En eso se parecen al Partido Popular. Trasladan la atención a lo insustancial mientras que lo importante se queda en la trastienda, perdido entre los trastos. El Congreso del PP se ha caracterizado por los selfies con la Estrella Rajoy, sin debate ni crítica política. Así les ha ido muy bien. Iglesias, que sigue las reglas de juego, es el rival perfecto para polarizar al electorado que sostiene al partido zombie de Rajoy, pese a la corrupción moral y política de la derecha española. Mientras, los militantes podemitas, ante la elección de muerte o deriva, han elegido seguir a la deriva. Una deriva marcada por el liderazgo de una persona [y su equipo]. La representación teatral de la participación y el debate no oculta que lo que se vota es a la persona. Se tuvo la oportunidad de avanzar en la creación y consolidación de espacios de participación y decisión en los que la protagonista fuera la sociedad pero no se aprovechó. ¡Esto sí que era un reto! Las élites aplauden irónicamente.

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