La estanquera más viva que nunca

He tenido la suerte de no estar en España cuando el equipo de fútbol ganó el primer campeonato del mundo de su historia. Madrid, engalanada con las banderas del reino, algunas con la corona serigrafiada, otras con el toro y otras a pelo, sólo con los colores rojo y gualda, seguía ansiosa el desenlace de los partidos. A medida que avanzaba el campeonato, los aficionados se ilusionaban con la posibilidad de conseguir el título y se logró lo que ningún otro evento ha podido conseguir desde la dictadura, que Madrid y otras muchas ciudades españolas se vistieran orgullosas con los colores de la bandera española. Afortunadamente, sólo fuí testigo de su evolución pero no de la apoteosis final, sintetizada en el gol de un joven chaval multimillonario de La Mancha. A mi regreso, aún quedaban algunas banderas colgando, tímidamente, de los balcones y de las ventanas en representación de las miles que se ondearon en los cielos españoles. El fútbol ha conseguido, no sé si temporalmente, que se ostenten unos colores que en otros tiempos provocaban la vergüenza de los demócratas por ser representativos de las dictadura y del fascismo español. Hoy, algunos, animan a mirar hacia delante y llevar con orgullo la bandera del país.

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