La opinión de un ateo sobre el uso del hiyab

En el año 2002 un colegio público negó la escolarización a una alumna de origen marroquí por querer asistir a clase con un pañuelo que le cubría la cabeza. Por primera vez en este país surgió la polémica sobre el uso de una vestimenta de naturaleza cultural en un centro educativo. Mientras esta niña entendía el pañuelo como una forma de vestir propia de su país y de su familia, los disconformes por el uso de esta prenda defendían que “era contraria a la constitución española, que prohibe el uso de símbolos religiosos en los espacios públicos, y que era una forma de discriminación de la mujer”. Finalmente, las autoridades educativas obligaron a que se escolarizara, primando, por encima de cualquier otra cuestión, el derecho a la educación de la menor. A partir de este momento, el debate sobre el uso del velo islámico ha ido apareciendo en la sociedad española en sucesivas oleadas, al igual que surgió en otros países occidentales con mayor tradición inmigrante como Francia o Alemania, hasta desembocar en una nueva negativa de un instituto madrileño a que una de sus alumnas, esta vez española, utilice el velo en las clases, impidiendo el acceso al centro en virtud de un reglamento interno que impide el uso de cualquier elemento que cubra la cabeza, desde una gorra hasta un pañuelo islámico. Pero, ¿debe una institución educativa reglar sobre cuestiones relativas a la identidad cultural de los alumnos? Si puede, ¿todas esas cuestiones son iguales? ¿Es lo mismo un burka que un velo islámico? ¿Es lo mismo una escafandra que un hiyab? El hiyab ni es una escafandra ni es una gorra de los Lakers. Y no tiene los riesgos físicos y psicológicos que provoca el uso de un burka. ¿O nuestras abuelas estaban taradas, sometidas o alienadas por cubrir su cabeza con un velo? Un velo propio de una época y de sus costumbres, que hoy todavía llevan algunas mujeres católicas, y que fue desapareciendo con el paso del tiempo.

La prohibición sobre aspectos identitarios de cualquier cultura provoca el sentimiento de rechazo y de discriminación de sus miembros y puede provocar la reivindicación de aquellos de cara a defender su cultura, es decir, convertir un asunto menor en un problema de convivencia cultural. Queda claro que no estoy hablando de cuestionables expresiones culturales que atentan contra la salud, la integridad física y psicológica o contra la vida, como puede ser la ablación, que desde la demagogia se utiliza para desacreditar el argumento que hace hincapié en el respeto a otras culturas. Este país ha pasado en muy poco tiempo de la uniformidad cultural de la población, con una cultura muy marcada y una religión hegemónica, a una población muy diversa religiosa e ideológicamente. Los miembros de las creencias hegemónicas perciben como una amenaza la presencia pública de símbolos diferentes, aunque entre en contradicción con la presencia de los propios, como por ejemplo los niños y adolescentes que llevan una cadena con crucifijo colgada del cuello de forma visible y que, por supuesto, no lo llevan de forma genuina sino influenciados por su entorno y sobre todo por las creencias religiosas de sus padres. De hecho, el debate no lo plantean como una cuestión identitaria sino como un aspecto menor relacionado con las normas, la indumentaria o conceptos más absolutos como la libertad o la igualdad. Claro, ¿quién va a defender la desigualdad o la falta de libertad de esta adolescente? Es un discurso trampa. Lo que tiene que formar parte de la educación y formación en la interculturalidad, en la convivencia entre culturas desde el respeto a los derechos humanos, se lleva al terreno de la imposición, obviando la aceptación de esos símbolos por parte de quienes los ostentan. La decisión de llevar o no hiyab entra dentro de la esfera personal y la sociedad debe, en todo caso, censurar la obligación, en contra de su voluntad, de su uso o no uso. Más allá de nuestra opinión particular sobre ello y de nuestras creencias personales. La España de hoy es diversa y multicultural por lo que se hace necesaria la educación en el respeto y la conciliación de las distintas expresiones de la cultura española.

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